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jueves, 2 de septiembre de 2010

Migración y Desarraigo en la Biblia - Elsa Tamez Parte I



La migración es un hecho común y constante en todo lo que los cristianos llamamos historia de la salvación escrita en la Biblia. Está presente desde el momento mismo de la formación del pueblo hebreo como tal, hasta la comunidad de cristianos que se consideran como peregrinos en esta tierra; pasando por migraciones voluntarias o violentas forzadas por imperios o por el hambre. Hasta Jesús, el llamado hijo de Dios, tuvo la experiencia de inmigrante, pues desde niño experimentó el desplazamiento (cf. Mt. 2,13.23).

En este breve artículo presentaré someramente hechos ocurridos a lo largo de la historia bíblica, y finalizaré con algunas conclusiones e implicaciones teológicas del fenómeno de la migración y el desarraigo. En la mayoría de los casos se observará la ambigüedad del sentimiento del migrante: mejoría y vulnerabilidad; fascinación y añoranza. Pero en todos se tendrá la protección de Dios, por lo menos como una declaración de fe. Asumiré la perspectiva desde el pueblo de Israel, tal como la percibo en la Biblia.



1. La migración: hecho fundante de un pueblo



En diferentes culturas se narran migraciones antes de la formación del pueblo al cual se pertenece. Así, la historia de los aztecas se inicia con la emigración de Aztlán hacia Tenochtitlán, ciudad que fundan. Las cualidades del pueblo y su marco teológico proceden de la experiencia del evento migratorio conducido por su Dios y su líder, en el caso mexicano por Huitzilopochtly y por Tlacaelel, respectivamente.

El éxodo, es decir la salida de los hebreos de Egipto, es considerado el hecho fundante de la formación del pueblo de Israel. Es durante la trayectoria de salida que se va constituyendo en pueblo: organización, lucha, pactos, utopía y acogida de un Dios -Yahvé-, son elementos importantes que darán consistencia al pueblo que migra a otra tierra con la esperanza de una vida más satisfactoria.

El punto de partida del éxodo es la opresión, la explotación en el trabajo. Se trata de un descontento generalizado por el maltrato que reciben por parte del gobierno egipcio. La historia sagrada hebrea narra sus clamores y la forma como Dios les escucha y les ayuda a liberarse, por medio de una lucha liderada por Moisés (Ex. 1-15). La trayectoria de la migración es larga y peligrosa (Ex. 15-18).

Pero la historia sagrada no termina en la liberación y la promesa de ocupar una tierra mejor. Con relatos de guerras y pactos con nuevos pueblos, se narra el asentamiento de los hebreos en Canaán.

Esta experiencia de opresión, liberación, desierto y tierra prometida, ha sido referida frecuentemente por la lectura popular de la Biblia. Y en efecto son ejes fundantes, raíces profundas para la teología cristiana.

Lo que no hemos observado es el elemento migratorio como eje fundante de un pueblo. Especialmente cuando en este caso se trata de una experiencia repetida de migración. Los hebreos no son egipcios oprimidos por egipcios, son extranjeros que trabajan para el Imperio Egipcio. A pesar de que varias generaciones ya se habían asentado, siempre fueron extranjeros. El recuerdo de ser inmigrante será la marca que les acompañará como un recordatorio en su relación con los extranjeros: “no maltrates al extranjero o inmigrante, porque tú también fuiste extranjero en Egipto” (Ex. 22,20). En Canaán también habitarán entre extranjeros y serán considerados extranjeros, por más que afirmen que Dios les dio la tierra en heredad. Además, en el paso por el desierto, largo trayecto hacia Canaán, siempre fueron extranjeros.

Los pueblos y las personas a menudo migran para florecer, y eso no es malo. La perversión ocurre cuando éstos logran el poder de dominación y lo utilizan sobre otros pueblos o residentes que comparten el mismo lugar, sean nativos, o foráneos. Todos, pueblos y personas, tienen derecho a inmigrar, pero no a oprimir y discriminar. El hecho de que Israel haya sido extranjero y maltratado era una experiencia fundante y orientadora en el trato con los extranjeros que habitaban en su medio. Las leyes que prohiben el mal trato al extranjero surgieron seguramente porque había menosprecio y maltrato, por eso el pueblo de Israel deberá recordar su condición de extranjero en Egipto, y aún en Canaán. El recuerdo de la identidad de extranjero y su experiencia marca los límites en el ejercicio del poder y permite la relación igualitaria.



2. Migraciones: un hecho constante en las raíces de la historia de la salvación



Las migraciones no borran la memoria de la identidad. Esta siempre está presente y es reiteradamente releída como ingrediente de fortalecimiento y de sentido de pertenencia, frente a los nuevos contextos. Los pueblos necesitan conocer la historia de sus orígenes. En este sentido el recuerdo de las raíces y la afirmación de ellas, da vitalidad a pueblos y personas que viven en la tierra que no habitaron sus antepasados. El desarraigo es una experiencia inevitable en todas las migraciones, no sólo en las forzadas militarmente, sino también en las voluntarias.

Una mirada rápida a la historia bíblica verifica no solamente este hecho, sino el que también los antepasados fueron todos migrantes. La dedicación al pastoreo les obligaba a buscar constantemente nuevos pastos para los animales, además de las hambrunas frecuentes en la antigüedad, que exigían dejar el lugar de residencia.

2.1. Un arameo herrante



El pueblo deberá recordar, generación por generación, como una breve confesión de fe, los orígenes de su ¨progenitor¨. Sus raíces son aramas y errantes. Dice Dt. 26,5:

Tú pronunciarás estas palabras ante Yahve tu Dios: ¨Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y residió allí como inmigrante siendo pocos aún, pero se hizo una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron…¨.

El padre se refiere al pueblo de Israel, nombre del padre de las doce tribus. Sin embargo lo consideran arameo porque desciende de Isaac, hijo del arameo Abraham y de Rebeca, nieta del arameo Nacor, hermano de Abraham.

La historia de Abraham, el padre de la fe, está llena de migraciones, como es de esperarse de un nómada. Lo interesante es que el relato es narrado como obedeciendo a un llamado de Dios. Inicia su aparición en la historia de la salvación al emigrar de Jarán hacia Canaán por un llamado de Dios ¨Yahvé dijo a Abraham: ‘Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré’” (Gn. 12,1). Ya había emigrado de Ur de los caldeos con su padre y hermanos (11,31). Dios le pide en Jarán que deje a su familia e inmigre a Canaán. Se establece en Bet-el, lugar de Canaán, pero de allí se mueve hacia el Negueb (12,9) y de allí se ve obligado a moverse a Egipto por una hambruna (12, 10). De Egipto vuelve al Negueb (31,1) y de allí se va a radicar a Bet-el (13,12) nuevamente; más tarde se va al Hebrón (13,17-18), por orden de Dios, con el fin de recorrer todo el país de Canaán. Gn. 20,1 dice que habita como forastero en Gerar, y 21,34 señala que vive muchos años en tierra filistea. En Hebrón muere su esposa Sara, y como era extranjero no tenía propiedad en donde enterrarla (23,4); entonces compra un pedazo de tierra en la cueva de Macpela para enterrar a Sara. El también será enterrado allí, junto a su esposa, cuando muera. Abrahám nunca olvida sus raíces. Antes de morir hace prometer a su sirviente que irá a Padan-aram, donde viven sus parientes arameos, y buscará una esposa de aquel lugar, entre los suyos, para su hijo Isaac (Gn. 24). Historias similares a la de este patriarca encontramos en Jacob y su hijo José, quien fue a dar a Egipto vendido por sus hermanos como esclavo. Con José y su familia más tarde -que es mandada traer por él cuando le iba económicamente muy bien en Egipto- se conecta la historia de la liberación del pueblo, el éxodo mencionado arriba. Así pues, emigrantes de Ur de los caldeos, pasan a ser inmigrantes en Canaán, después en Egipto y después de nuevo en Canaán.

La recepción de los países escogidos para inmigrar pudo ser positiva en unas ocaciones o negativa en otras. Por ejemplo, los documentos egipcios registran frecuentes flujos migratorios asiáticos. Los egipcios intentaron, algunas veces, detener las migraciones1; otras veces colaboraron en ellas para salvar la vida de las personas. Así por ejemplo, a finales del siglo XIVa. C. los sirios pidieron permiso para ingresar a Egipto ¨para salvar su vida¨. En respuesta positiva, les asignaron un territorio2. Pero aquí no concluye la trayectoria migratoria de este pueblo llamado pueblo de Dios para los judíos y cristianos. Ellos también sufrieron los desplazamientos forzados militarmente.



2.2. Los exilios



Libros y textos bíblicos aluden a la experiencia del sometimiento del pueblo de Israel por pueblos extranjeros. Durante el periodo llamado de los jueces, seis veces fueron sometidos por pueblos extranjeros. Y más tarde, después de la monarquía, fueron sometidos por los asirios, los babilónios, los persas, los griegos y, finalmente, los romanos.

Sin embargo es la experiencia del exilio la que marca más profundamente su vida y su fe. Se trata de la experiencia de ser desplazado a la fuerza, militarmente, por un imperio, hacia un lugar extraño, lejos del lugar de la propia tierra. Los salmos y otros textos recordarán la experiencia amarga del cautiverio en Babilonia. Una experiencia de humillación. El salmo 137 refleja la crisis de fe de los deportados en Babilonia y la nostalgia del recuerdo de Jerusalén: ¨A orillas de los rios de Babilonia estábamos sentados y llorábamos acordándonos de Sión… ¨ (137,1).

Tiglat-piléser (745-727a.C.), rey de Asiria, dio inicio a la estrategia de desplazar poblaciones de un lugar a otro para evitar rebeliones y fortalecer su poder. Así, Sargón II, sucesor de Salmanasar, hijo de Tiglat-piléser, al tomar las ciudades de Samaria (722 a. C.) se llevó cautivos a Mesopotamia a un gran número de habitantes (27.290 según inscripciones de Sargón) del reino de Israel (la parte norte del estado monárquico) (2Re. 17,6;18,11), y asi mismo trasladó cautivos de otros pueblos para habitar la parte conquistada (2Re. 17,24). Esta mezcla de población arrastraría problemas de discriminación dentro del mismo pueblo judío por siglos, incluso en el tiempo de los romanos.

Babilonia fue el otro imperio que practicó la deportación. El exilio en Babilonia bajo Nabucodonosor va desde 597 hasta 538 a.C. El texto bíblico registra varias deportaciones del reino de Judá (la parte sur del estado monárquico) hacia Babilonia. Desde la realeza, nobleza y gente acomodada, hasta parte del pueblo (Cf. 2Re.24,12-17; 2Re.25,8-21; Jer.39,8-10; 52,28). Los más pobres, campesinos, se quedaron en Judá. Según el profeta Ezequiel (3,15) había exiliados instalados en Tel Abib, junto al rio de Kebar, las zonas abandonadas o desvastadas. Otros piensan que fueron ubicados en las zonas más convenientes. Lo más provable era que había inmigrantes en las dos partes.

Por la manera como son narrados los lamentos, seguramente la invación y toma de la ciudad tuvo que ser atroz. Jerusalén fue quemada, el templo destruido, los muros de la ciudad derribados y miles de personas, adultos y niños, pasados por cuchillo. Los sobrevivientes llevados al exilio mantuvieron esas imágenes en sus recuerdos, hasta el fin de sus días.

Vale aclarar que hubo esfuerzos de interpretar teológicamente esa situación. En un principio los profetas la consideraron un castigo divino, por el comportamiento opresivo y corrupto de su pueblo, no obstante más tarde, cuando se fueron integrando a las comunidad babilónica, algunos, como el profeta Isaías, interpretaron el exilio como la vocación de un llamado de Dios a ser luz entre las naciones.

Los exiliados deberán esperar no pocos años para el regreso, cuando le toque el turno a Ciro, el Persa, dominar los territorios. Muchos, ya bien establecidos, no desearán volver y no volverán, sino que engrosarán el número de judíos de la diáspora.

Hay otras migraciones violentas además de las dos anteriores. Alejandro el grande, y después el rey Tolomeo I, llevaron judíos de Samaria como prisioneros del rey y esclavos de sus soldados. A Roma fueron llevados en diversas ocaciones, muchos prisioneros judíos: por Ponpeyo, luego por Soso, un general romano, y por Tito con la toma de Jerusalén y la destrucción definitiva del Segundo Templo. En estos casos se trató de prisioneros de guerra, vendidos como esclavos en Roma. Para esas fechas el sistema esclavista se había iniciado como tal, y con los romanos estaba en pleno apogeo. De manera que a veces el inmigrante no solamente era un extranjero discriminado, sino también un esclavo, lo que empeoraba su situación. No obstante el fenómeno de la diáspora es más complejo.

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