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lunes, 9 de agosto de 2010

Violencia en la Biblia - Edesio Sánchez Cetina


Dios como sujeto agente de violencia


Con lo que acabamos de escuchar sobre la novela de Saramago, Caín, entramos de lleno al que quizá sea el mayor problema hermenéutico y teológico de la Biblia. Nadie aquí, supongo, cuestionará el hecho de que la Biblia está llena de relatos y textos que hablan de la violencia y, algunos, de extrema violencia (p. ej. Jue 19). Lo que a muchos incomoda, molesta y confunde es saber que en la Biblia, una importante cantidad de textos presentan a Dios como sujeto agente, originador e impulsor de la violencia. Varios ejemplos de esos textos aparecen, como hemos escuchado, en la obra de Saramago. Esa realidad no la podemos soslayar, pues los textos están allí, en la misma Biblia a la que reconocemos como Palabra de Dios.


Para quienes gustan de datos estadísticos, aquí les va una corta lista sobre el tema de la violencia en la Biblia: 600 pasajes dicen expresamente que los pueblos, reyes e individuos atacan a otros y los matan; en cerca de 1000 pasajes se habla del hecho de que la ira de YHVH se enciende, que castiga con la muerte y la ruina, que juzga como un fuego devorador, que se venga y amenaza con la aniquilación; hay más de 100 pasajes que atestiguan que YHVH ordena matar a unos hombres (Barbaglio: 8-9).


Ahora bien, la solución al problema expuesto no es tapando o ignorando esa realidad. Un buen número de cristianos y otros lectores de la BibliaHarold Segura - Edesio Sánchez
siguen, el día de hoy, el ejemplo del célebre Marción: toman sus “tijeras” y sistemáticamente “cortan” los textos que les causan “cortos circuitos” en su lectura e interpretación de la Biblia. La iglesia de los primeros siglos y la actual ha decidido que esa no es la solución. Es nuestro deber meternos en el mundo epistemológico de la Biblia, en su cosmovisión, y encontrar las posibles lecturas que permitan “abrir algunas puertas” hacia una solución menos escandalosa y que mejor nos ayude a enfrentar el grave e imbatible problema de la violencia que hoy día se vive por doquier en nuestro mundo.


Las primeras preguntas que se me ocurren para caminar por el sendero de la búsqueda de respuestas más satisfactorias son las siguientes: ¿Qué tipo de lectura vamos a hacer al adentrarnos al texto de la Biblia? ¿Cuál o cuáles son las vías más adecuadas? Mucho depende de nuestras concepciones sobre la revelación de Dios, la inspiración de las Escrituras, su autoridad y el método o métodos exegéticos más adecuados.


¿A dónde nos llevaría, por ejemplo, una lectura o interpretación literal de las Escrituras?
La principal trampa que la mencionada obra de Saramago nos pone es precisamente esa, la de la lectura literal. Esa lectura literal—para Saramago no lo es, por supuesto, por la manera en la que introduce importantes variantes en las historias bíblicas—hace más chocante el tema de Dios como agente de violencia, y es sin duda una “sonora e hiriente cachetada” a la iglesia y a todos los que se apropian de “Dios” para justificar guerras y genocidios en nombre de la religión, la fe y la divinidad. En su obra, Espejos (8), Eduardo Galeano ofrece el siguiente texto:

Dice la Biblia de Jerusalén que Israel fue el pueblo que Dios eligió, el pueblo hijo de Dios.
Y según el salmo segundo, a ese pueblo elegido le otorgó el dominio del mundo:

Pídeme, y te daré en herencia las naciones
y serás dueño de los confines de la tierra.

Pero el pueblo de Israel le daba muchos disgustos, por ingrato y pecador. Y según las malas lenguas, al cabo de muchas amenazas, maldiciones y castigos, Dios perdió la paciencia.

Desde entonces, otros pueblos se han atribuido el regalo.
En el año 1900, el senador de los Estados Unidos, Albert Beverdige, reveló:

—Dios Todopoderoso nos ha señalado a los Estados Unidos como su pueblo elegido para conducir, desde ahora en adelante, la regeneración del mundo.
¡Y de qué manera lo han hecho esta nación y otros pueblos del mundo, en mayor o menor proporción! Sobre este tema, Jon Sobrino nos ofrece el último capítulo de su obra, Terremoto, terrorismo, barbarie y utopía: El Salvador, Nueva York, Afganistán (193-222).
¿No es verdad que, por lo general, quienes apoyan y realizan las guerras y genocidios en nombre de “Dios/dios” son también los que se apegan a una lectura literal de sus libros sagrados? Se sabe que quienes más han apoyado las guerras de Estados Unidos contra varios países y grupos de personas en el mundo pertenecen, comúnmente, al protestantismo fundamentalista. En estos grupos, la lectura literal de la Biblia tiene, por lo general, su sustento en la creencia de una revelación proposicional divina y de una inspiración verbal (letra por letra y palabra por palabra).
En efecto –y esta es mi manera de pensar–, una lectura literal de la Biblia nos mete en mayores problemas y no nos ofrece solución alguna. No cabe duda de que muchos cristianos, bien intencionados, encuentran profundamente escandalosa la obra de Saramago, y reaccionan con vehemente cólera por tan irreverente escritor. Pero considero que es más escandalosa la práctica de la violencia en nombre de Dios o de la religión, justificada por una lectura literal e ingenua (?) de la Biblia que la irreverente confrontación y acusación contra Dios que se atreve a hacer Saramago, porque lo hace, como él dice, “desde la libertad y no desde la fe”.

O, ¿a dónde nos lleva el camino de la “Escuela de la historia de la religión” en la que se destacan mentes como Wellhausen y pensadores de finales del siglo XIX y principios del XX?
En esta escuela, la base del conocimiento la forman la objetividad y el relativismo. El racionalismo y la filosofía evolucionista fueron sin duda las “nodrizas” de esta escuela hermenéutica. Esta manera de leer la Biblia, considero yo, comete el mismo pecado que la “literalista”. Ambas se apoyan en el “hecho histórico bruto”; y su objetivo es demostrar que lo que dice la Biblia sí ocurrió tal como se narra en ella o rechazar tal conclusión y reenfocar ese evento hacia “momentos” —lo fundamentalmente cierto—que encajen dentro de la “historia universal” en una lectura, por lo general, evolucionista: “de lo más primitivo e incompleto hacia lo más evolucionado y perfecto”.
Karl Barth fue el primero y más importante crítico de esta escuela y, como dice Walter Brueggemann, “Barth creó la retórica y proporcionó un espacio donde podían realizarse afirmaciones normativas (es decir, “verdaderas”) sobre la fe bíblica, sin que estas fuesen dictaminadas a partir de la epistemología naturalista de la autonomía... La afirmación de Barth de la realidad de Dios es un ejercicio de retórica audaz, de modo que, para Barth, la realidad está profundamente enraizada en el lenguaje” (TAT: 32).
¿Con qué acercamientos hermenéuticos o lecturas nos quedamos para la búsqueda de alternativas más viables?
En las últimas décadas del siglo pasado surgieron nuevas formas de leer la Biblia a partir del método retórico (lectura literaria de la Biblia) y de los aportes de la sociología (lectura social de la Biblia). Para lo retórico o literario, me viene a la mente de manera especial Paul Ricoeur; y para lo sociológico, Geoge Mendenhall, Norman K. Gottwald y Walter Brueggemann.
En esta lectura, el choque se produjo entre el grupo procedente de Egipto y grupos de campesinos y personas marginadas de la sociedad cananea, por una parte, y las ciudades-estado establecidas en territorio de Canaán, por la otra. La nueva arqueología, que es más bien etnoarqueología (1965 en adelante) no solo ha estudiado los centros urbanos (prioridad de la escuela arqueológica norteamericana de la entre-guerras), sino también los asentamientos humanos de las llamadas “aldeas” (poblaciones sin la protección de las murallas que sí aparecen en las ciudades-estado).
De acuerdo con esta nueva arqueología, cerca del 90 % de la población vivía en los pequeños asentamientos (de unas 150 personas) y el 10 % en las ciudades amuralladas. Los descubrimientos y estudios de tales centros urbanos manifiestan que más del 75 % del espacio físico lo ocupaban edificios “públicos” (templos, palacios, caballerizas, graneros, tanques de agua, etc.) y el espacio restante para vivienda (de los terratenientes y poderosos, pertenecientes a la realeza y a las élites religiosas y militares). Como se sabe, la mayoría de los habitantes de las ciudades tenían casas y familias en otros lugares, por lo que la ciudad fue más refugio para ellos que lugar de vivienda permanente.
¿Qué explica todo esto? Bueno, permite que se entienda, en parte, que las “matanzas” ordenadas por Dios de los habitantes de estos centros urbanos (ciudades-estados) eran contra las fuerzas imperiales que por décadas habían oprimido y esclavizado a la mayoría de la población, y que su derrota traería la libertad y espacios de vida más plena para todos aquellos campesinos y para la población marginada. En realidad, como se ha indicado por la nueva arqueología, lo que se destruía era más maquinaria del poder imperial que vidas inocentes, como tradicionalmente se ha indicado cuando se “acusa” al Dios de la Biblia de Dios injusto y vengativo. Sobre este tema, puede consultarse mi comentario al capítulo 2 de Josué (Comentario Bíblico Latinoamericano-I. Verbo Divino).
En conclusión, se puede afirmar, desde este acercamiento hermenéutico, que las guerras de YHYH son guerras que responden al encuentro de dos fuerzas militares bien dispares, y en las cuales el elemento “milagroso” se manifiesta de manera más abundante en los contextos de mayor vulnerabilidad del pueblo que ha sufrido opresión y vejación. Por ello, no es nada sorprendente que en los textos de Deuteronomio y Josué donde se habla de esos encuentros, por lo general se indique que los habitantes de las ciudades-estado sean descritos como “gigantes” (no seres humanos comunes y corrientes).

Y esto nos lleva a la segunda lectura, la retórica o literaria. En esta respuesta o propuesta, opto por lo que he llamado “una lectura de las Escrituras desde la perspectiva infantil”: la perspectiva desde el vulnerable que, en su vulnerabilidad, crea nuevas alternativas de acabar con la violencia y de construir un mundo más justo y de vida. La hago para resaltar, sobre todo, lo que se conoce, sobre todo en círculos donde se habla de la vía no violenta, como “la tercera vía”. Entonces, si se habla de una “tercera vía”, se debe de hacer referencia a las otras “dos vías”.
La primera, es la del statu quo, la de la sociedad y cultura tal como la conocemos y en la cual estamos inmersos, con toda su realidad de vida basada en el consumismo, el materialismo, el individualismo y el hedonismo: este mundo tal como lo definen y describen y conforman los grandes poderes mundiales (gobiernos poderosos, multinacionales, grandes empresas que se han adueñado de los medios de comunicación masiva).
La segunda vía es la opción más natural y prioritaria: la que se elige para “salvar el pellejo”, el “sálvese quien pueda”. Es decir, la solución que buscamos y encontramos cuando la primera vía nos es adversa, nos aplasta, y trata de quitarnos la vida. A veces, la solución es peor que la realidad: escapar hacia lugares que parecen una mejor opción, aislarse y “cobijarse” bajo expresiones religiosas, etc. Es decir, opciones que quizá resuelvan la crisis en la que se vive, pero de manera individualista, personal y familiar.
En la Biblia tenemos, sin lugar a dudas, casos en que se optó por una u otra “vía”. Por ejemplo, lo que se dice en el primer capítulo del libro de Rut. Los personajes de ese libro viven en una de las épocas más horrendas y violentas de la historia de Israel: la época de los jueces. En Israel hay divisiones, idolatría, violencia y falta de alimentos. ¿Qué hacer ante tal situación? La primera vía es precisamente esa: mantener la sociedad, sus gobernantes y líderes, que son los que han creado ese estado de vida invivible. La segunda opción o vía es lo que hicieron Noemí, Elimelec y sus dos hijos: huir al país que “mejores” oportunidades les ofreciera, aunque fuera, como el mismo libro de Jueces constata, una de las fuerzas enemigas que habían socavado la paz de Israel.

Pero la tercera vía, lo que llamo también “las sorpresas de Dios”, la da, no un miembro de la familia judía—del reconocido pueblo de Dios—sino una mujer, extranjera, pagana y viuda, como lo fue Rut, la moabita. Ella, de acuerdo con el relato del libro, es a fin de cuentas, verdadero miembro del pueblo de Dios. Ella es la que sí manifiesta creer y confiar en YHVH y la que provee respuestas liberadoras y vivificantes a Noemí, que es quien, en el libro, representa al pueblo de la elección y de la alianza. Rut se muestra libre de etnocentrismos y dogmatismos; la mueve la solidaridad y el anhelo de ser instrumento para que otros y otras encuentren espacios de vidas más plenas y justas. Como resultado de la acción de Rut, no solo ella y su suegra consiguen la restauración de sus vidas, sino que abre una cadena de posibilidades que encuentran su clímax en el nacimiento del Mesías (cf. Mt 1., de Jesús de Nazaret y, de él, a todos los que somos herederos del don salvífico de Dios y de su gracia).
Esta y muchas historias más en el Antiguo Testamento —creadas y producidas por literatos y poetas trascendiendo el dato histórico llano y concreto para desvelarnos nuevos mundos y nuevas posibilidades esperanzadoras—, muestran que las verdaderas “respuestas” de Dios a la maldad y crisis de este mundo, son esas “terceras vías”, “esas salidas o encuentros sorpresivos de Dios”.
Todas esas posibilidades sorpresivas encuentran su punto de llegada— que es, a la vez, de salida—en la visión profética, utópica y esperanzadora del verbo poético de Isaías 11.3-6. Aquí se habla, por supuesto, de juzgar, de castigar, de aniquilar a los malvados y violentos. Pero el sujeto aniquilador—llamado y levantado por el mismo Dios—no es el guerreo armado hasta los dientes que usa instrumentos de guerra sofisticados, sino el de un “nuevo rey” cuyo perfil pone patas arriba los conceptos tradicionales del monarca y del gobernante:

No juzgará por las apariencias, ni se guiará por los rumores, pues su alegría será obedecer a Dios. Defenderá a los pobres y hará justicia a los indefensos. Castigará a los violentos, y hará morir a los malvados. Su palabra se convertirá en ley. Siempre hará triunfar la justicia y la verdad. Cuando llegue ese día, el lobo y el cordero se llevarán bien, el tigre y el cabrito descansarán juntos, el ternero y el león crecerán uno junto al otro y se dejarán guiar por un niño pequeño (TLA).

De acuerdo con este texto, “la palabra” de este nuevo rey, personificado en un niño, será su arma más poderosa. De allí que a este texto se le deba unir el Salmo 8 que centra su mensaje en la “gloria” del ser humano. Pero de un ser humano no visto desde la perspectiva del adulto, sino desde la del niño:
Con las primeras palabras de los niños más pequeños, y con los cantos de los niños mayores has construido una fortaleza por causa de tus enemigos. ¡Así has hecho callar a tus enemigos que buscan venganza! (Sal 8.2, TLA).

Son las palabras y los cantos infantiles el arma con la que Dios destruirá o se enfrentará a los enemigos y violentos. ¡Ya no son los adultos, grandes y poderosos, lo que tienen el liderazgo para “dialogar” con Dios o para afrontar la maldad y vencer al enemigo! ¡Son los niños! Así, lo que sigue del salmo y la afirmación de la sujeción de todo lo creado bajo el liderazgo del ser humano queda definido por ese nuevo sesgo o pista: los niños. Son ellos y los que son como ellos los que redefinirán y crearán un nuevo mundo, una nueva realidad.

Desde esa perspectiva, se pueden leer textos como los de Deuteronomio y Josué, lugares donde se habla de guerras y violencia destructiva contra los pueblos “enemigos”. Porque no se habla de las acciones de fuerzas militares adultas, sino de gente militarmente débil, vulnerables todos por el contexto pasado y presente de sus vidas. Para estos, sus armas no son las que poseen las fuerzas imperiales de las ciudades-estado, sino la fuerza de la palabra, del lenguaje, de las historias. Con ellas se “destruye” al enemigo; con ellas “se crean nuevos espacios de vida”, “nuevos mundos”.

El libro de Josué, que mira un momento de la historia de Israel desde la óptica del libro de Deuteronomio, es una obra en la se respira, en toda ella, un ambiente litúrgico y festivo, es decir, lúdicro. En él, la ironía, el humor y la sorpresa ocupan un lugar privilegiado. Para mí, es uno de los libros de la Biblia donde Dios aparece como un gran juguetón. Se burla del enemigo y se ríe de las autoridades de su pueblo que quieren hacer las cosas a su manera, a lo adulto. Los personajes favoritos de su historia no son los generales de guerra ni las autoridades religiosas de la nación, sino una prostituta (cap 2) y los gabaonitas (cap. 9): un pueblo vulnerable que salvó el pellejo por su astucia e ingeniosidad. Los antihéroes son los ricos y poderosos que viven entre las murallas de las ciudades estado, y Acán, aquel soldado que ávido de poder y riquezas quiso quedarse con las “fichas” del juego.

Y es exactamente en el contexto de la conquista de las grandes ciudades estado donde Josué usa el vocabulario más sanguinario y destructivo del mensaje bíblico. ¿Sucedió eso realmente como lo narra el texto bíblico? Realmente no lo sé. La arqueología bíblica y los trabajos de eruditos de la talla de Martin Noth han repetido una y otra vez que la narración bíblica dista mucho de la realidad de la ocupación de la tierra prometida. Los descubrimientos arqueológicos constatan que los estratos pertenecientes al siglo XII a. C. de ciudades tales como Jericó, Hai, Hazor, etc., no indican que fueron destruidas por guerra o fuego. No se han encontrado montones de restos humanos u otros testimonios que “apoyen” aquellas terribles matanzas. Es probable que el mismo lenguaje sea el creador de las “realidades” que narran los relatos; pero, ¡qué historias tan horrendas! En verdad, así lo son. Tómese en cuenta, sin embargo, que la intensidad de lo horrendo sube en proporción a la fuerza destructiva de quienes detentan la riqueza y el poder. Recuérdese lo que hemos dicho de la fuerza de la palabra con la cual se destruye a los malvados y se crean nuevos mundos, nuevas realidades. El poeta o narrador, vocero del pueblo sencillo y vulnerable, otorga, por medio de sus poemas y relatos, voz y fuerza a aquellos a quienes se les ha arrebatado. Aquí el lenguaje no cubre la verdad ni enaltece la mentira, sino que crea una realidad en la que el pobre, como dicen Ana (1 S 2.1-10) y María (Lc 1.46-55), es exaltado y el rico es humillado. Se crea un mundo donde, por fin, los desclasados y marginados, triunfan sobre los malvados y poderosos.

En la introducción al libro Y vendimos la lluvia (título en inglés: “And We Sold the Rain”: xv), Jo Anne Engelbert cuenta una breve historia con la que los indígenas se burlan de la ridícula y ciega sed de riqueza y oro de los españoles, quienes estaban dispuestos a todo por conseguirlos. Y luego la comenta:

Con ojos radiantes, los españoles se aferraron firmemente de los lados de la enorme canasta que los descendería hacia los dorados tesoros que jamás habían visto; así les habían asegurado los indios. Con toda la paciencia del mundo, y con el rostro reflejando una satisfacción sin límite, los indios deslizaron las sogas hasta que las altas temperaturas del volcán las convirtieron en hilachas, y los españoles se precipitaron sin obstáculos hacia el deseo de su corazón.

Este relato fantástico se narró una y otra vez en América Central hasta que se convirtió en historia, en virtud de la verdad que encarnaba: un relato obligado, inventado a fuerza de ingenio y voluntad para asegurar la supervivencia.
Estos relatos abrieron, por toda América Central, la posibilidad para disentir y contrarrestar la fuerza de los mitos piadosos, las homilías coloniales y los empalagosos cuentos patriarcales. Así, la imaginación mantuvo vivas la esperanza y la dignidad a través de relatos que surgieron al margen del discurso oficial. En estos relatos, como con los chistes políticos con los que el pueblo se venga de sus malos gobernantes, el conejo siempre se burla del chacal y el humilde derrota al arrogante.

Bibliografía

  • Giuseppe Barbaglio. ¿Dios violento?: Lectura de las Escrituras hebreas y cristianas. Estella: Editorial Verbo Divino, 1992.
  • Eduardo Galeano. Espejos: Una historia casi universal. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, S.A., 2008.
  • Rosario Santos (Editora). And We Sold the Rain: Contemporary Fiction from Central America. New York: Seven Stories Press, 1996.

1 comentario:

  1. Excelente artículo. Sirve para reforzar lo aprendido en el diplomado y conferencias previas. Eslid Rivero.

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